Siempre he sentido una fuerte atracción por los aspectos dramáticos y aterradores del mundo y la capacidad que tienen para cambiar el rumbo de las cosas. Quizá influenciado por las sinergias que genera la convivencia en un entorno donde el sentimiento por la tradición, la familia y la muerte están muy arraigados, mi modo de concebir la experiencia creativa se decanta por un lenguaje temperamental, apasionado y grotesco.

Encuentro en el retrato –ya sea humano u animal- y sus ilimitadas transformaciones, la forma más directa y clara de exponer mis ideas. Es habitual en mi obra utilizar la forma anatómica del rostro como un lugar donde suceden todo tipo de hibridaciones entre elementos orgánicos: tendones, músculos, vísceras, piel, carne y cabello se amontonan y mezclan entre sí, dando como resultado una masa biológica que nos revela la fragilidad del propio material.

Estas cabezas se muestran sobrecogedoras al espectador, como un gran trozo de carne. Contraponiendo sentimientos de magnetismo y repulsión, serenidad y violencia, realidad y fantasía, frivolidad y gravedad…

En mi trabajo persigo estudiar la preocupación existencial del individuo o la conciencia colectiva referida a la decadencia del mundo actual, la crueldad, la animalidad, la enfermedad, la fugacidad de la vida, el especismo o la propia extinción.

Mis retratos son en definitiva Vanitas contemporáneos; una forma de acercar al espectador de manera fortuita a tomar conciencia sobre cuál es su papel en la sociedad y cuáles son los verdaderos valores que prevalecen ante su inevitable desaparición en un mundo cada vez más tenso e inestable.

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