Igual que Dante viaja de modo imaginario a través del infierno, Montse D. Simón se introducirá en el cauce sanguíneo que bombea la obra de Miguel Scheroff y Julio Díaz Rubio y con ese material construirá una historia visual para hacernos disfrutar de sus sístoles y diástoles.

Ambos son generadores de imágenes irreales que proceden de la condensación de una realidad visible y tangible. Como si filtraran ese mundo real en el que viven y destilaran otro falso pero verosímil, igualmente reconocible. Un “mundo posible”, como el de Alicia, por obra y gracia de la representación pictórica. Un mundo de vergüenzas, sin límites y oprobios, de carne macerada en vicios o desafectos, que componen un escenario desmedido y desnaturalizado. Sexo, violencia, muerte.

Pero también en ambos, ese mundo de imágenes subconscientes y oníricas se manifiesta en consciencia proyectada, eyectada, amplificada, como un gran grito de repulsa de esa misma realidad perversa de la que nacen. Paradójicamente, son estas revelaciones las que les sirven de motor de búsqueda de comprensión y de alivio vital.

Montse Díaz Simón, comisaria de la exposición les propone entonces un juego. La poesía y el arte nacen del juego y con el juego, ya que ambos comparten, según la definición del homo ludens de Huizinga, acciones desarrolladas dentro de límites de tiempo, espacio y sentido, en un orden que es visible; reglas que se aceptan con libertad y fuera de la esfera de la utilidad o de las necesidades materiales; el arrebato y el entusiasmo como formas que animan la acción, una acción que se nutre de sentimientos de elevación y de tensión, los cuales conducen a la alegría y al abandono; la sinrazón, que permite moverse fuera de los vínculos del entendimiento lógico; la fantasía que aturde la imaginación y todo ello acompañado de una gran seriedad en la ejecución.

Este juego propuesto, reto más bien, es el de compartir, desde el gigantismo de Miguel Scheroff al pequeño formato de Julio Díaz Rubio, las mismas imágenes reales para después vomitarlas fagocitadas desde sus propias vísceras en un diálogo en el que ellos marcan las reglas y las pautas del discurso, es decir, del juego.

“Si me hace crecer podré coger la llave; y si me hace encoger, podré deslizarme bajo la puerta; así que de cualquier manera entraré en el jardín…”, dice Alicia en “Alicia en el país de las maravillas”

Se trata de introducirnos en el jardín y contemplar esos mundos oníricos de paradojas estéticas, a través de la ficción del juego y del sueño. Es el sueño el vehículo más utilizado para adentrarnos en el inconsciente, en la locura o en la perversidad de la propia interioridad, es el único camino posible de libertad.

 

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